Oasis de libertad en medio del caos industrial

Son las 11:30 de la noche. Mi pareja y yo tomamos un taxi y le pedimos que nos lleve a una dirección que va a dar a una calle industrial, grisácea y mal iluminada cerca al Museo de Arte Moderno de Medellín. 


Al llegar, lo más llamativo de la cuadra es una tienda/cantina que, con bombillos de luz blanca, no se esfuerza en ser discreta para la hora. Allí, además de cerveza barata y mecato de todo tipo, resaltan las voces de Darío Gómez y otros destacados de la música popular salidos de un bafle no tan potente. “Más adelantico”, decimos indicándole al confundido taxista nuestro destino.


A mitad de cuadra, rodeados por fábricas y talleres de paredes sucias, le pedimos al señor que pare. Él, ya con mirada pícara, nos dice que no tiene problema en “entrarnos a algún lugar”. La ilusión de los 5 mil pesitos de comisón, a veces más a veces menos, que dan a los de su oficio, se le va cuando le decimos que nuestro destino final de esta noche no es un motel. 


Nos bajamos del carro y entramos por una puerta sospechosamente modesta que nos recibe con unas escaleras cuya cumbre se encuentra unos 5 pisos más arriba. 

A medida que subimos, lo underground de la situación nos hace pensar que, más que a una terraza, vamos a un sótano. Algunos tags (firmas de graffiteros) adornan los vidrios de las ventanas de este edificio abandonado mientras nosotros estamos ya por llegar a la cima. 

Listo, un piso más y estamos. La música empieza a escucharse, a sentirse, mientras todo se oscurese más. Coronamos la escalada para encontrarnos con un lugar lleno de gente rara, televisores viejos con estática y maniquíes en las paredes. A este escenario lo acompañan el techno y una terraza con vista a las fábricas del sector y los grandes edificios del sur de la ciudad. 

En la barra pedimos dos cervezas y sin dar siquiera un sorbo a la botella ya estamos dejando que el ritmo del techno nos controle. Esta es nuestra noche, y ni siquiera es viernes o sábado. 

Los jueves en el Club 1984 son rituales donde cada asistente es poseído por la música que el maestro de ceremonias, algún dj de la escena local, pone a retumbar hasta las 4 de la mañana. Este ritual es el “Jueves de libertad”, que esta noche nos acoge a nosotros como lo hace cada semana con los seres nocturnos que se acercan al club buscando un lugar diferente donde pasar la noche en la ciudad. 

Pasan las horas, se vacían las botellas y nuestros pies aún no se cansan de bailar. Igual debe ser por esa sensación de libertad que se apodera de uno cuando entra al club y hace que no quiera parar. 

El ritmo sigue pero ya la noche se empieza a ir y esa es la alarma para darle fin a todo. Como siempre, la noche nos quedó pequeña para el club. 

Bajamos tomándonos otra cerveza y huyéndole a la realidad de una ciudad que dentro de poco empezará a despertar. No nos hemos subido al taxi y ya sabemos que queremos volver. Quién lo diría, la Medellín industrial tiene, en pleno pulmón de la industria, un lugar para ser, sin hacer. Una vez más el Club 1984 es ese lugar que nos recuerda lo que alguna vez escribió Gonzalo Arango: “también no hacer es creador”. 

Hashtags
#Medellin
#MovidaCultural

Autor

Andrea Rojas y Esteban Martínez Pavas

Fecha de publicación

15 de agosto de 2017

Correo electrónico

andrea.rojasda@gmail.com

Artículos recomendados

0 Comentarios

Siguenos en redes

Conoce más de #CompásUrbano

Patrocinadores

Aliados